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HISTORIA Y CULTURA

Los orígenes de Santa María como asentamiento español se registran hacia el siglo XVII con el avance de Misiones Jesuíticas "volantes", las cuales no se establecían en el territorio por más de 1 o 2 años debido a la creciente resistencia de los aborígenes de la zona. Luego de diversas negociaciones con los caciques, se pueden asentar por períodos más largos: uno es registrado entre los años 1618 y 1622; y el otro entre 1643 y 1658. Durante el segundo período (el más largo), se fundan las Misiones de San Carlos de Borromeo (cerca del actual San Carlos, Cafayate, Salta) y Santa María de los Ángeles (cerca del actual Santa María, Catamarca).

Las misiones de San Carlos y Santa María distaban entre sí algo más de veinte leguas. Las dos constaban de una pequeña iglesia con campanario lateral y de un convento. Ambas tenían techos de torta, muros de piedra y barro, cerramientos de algarrobo y cardón, y pircas que delimitaban corrales y labrantíos. (Teresa Piossek Presbisch 2004)

El inicio de la Tercera Guerra Calchaquí produce la quema de las misiones y la expulsión de los jesuitas del territorio:

"El 5 de agosto de 1658, el Falso Inca Pedro Bohórquez, partió desde Tucumanahao a la cabeza de un malón. Cabalgaron hasta San Carlos, abrieron la puerta con la llave que dejara Torreblanca y entraron profiriendo blasfemias e insultos...Entre alaridos los indios se entregaron a arrancar puertas y ventanas, despedazar los muebles, tumbar los estantes y, cuando todo estuvo revuelto, ella (la araucana, mujer de Pedro Bohórquez) les ordenó incendiar." (Teresa Piossek Presbisch 2004).

"Al día siguiente le tocó el turno a Santa María. Esta vez Pedro y la araucana no intervinieron personalmente, sino que se quedaron en Tucumanahao, en espera de que sus vasallos les trajeran el botín.

La indiada llegó al convento y se dividió en dos grupos. Unos fueron a los corrales y otros se dedicaron al edificio. Derribaron la puerta a golpes, se apoderaron de los ornamentos y objetos de valor y destruyeron libros y documentos. Después atacaron a los misioneros que apenas habían tenido tiempo de hacer un hato con sus pertenencias. Llevaban la instrucción de maltratarlos, pero no matarlos y la cumplían al pie de la letra. León sólo atinaba a cubrirse la cabeza con los brazos mientras los agresores lo zarandeaban entre carcajadas y obscenidades. Le desgarraron la ropa, le quitaron los zapatos y le hicieron saltar los anteojos de un puñetazo.

Sancho en cambio, se defendía de los atacantes golpeándolos con un par de espuelas, al tiempo que se abría paso arrastrando a León hacia una salida. En ese momento estalló el incendio y, en la confusión, ambos consiguieron escapar, pero habían perdido todo y solamente les quedaban las camisas sobre las carnes. Unos indios fieles, compadecidos, les dieron dos mancarrones aparejados sin más aderezo que dos lomillos crudos y en ellos huyeron hasta un escondite en el que permanecieron aguardando que el malón se dispersara. La esperanza que les quedaba era alcanzar el pueblo de Encamana de cuyo cacique, Don Felipe Asamba, eran amigos..." (Teresa Piossek Presbisch 2004).

"Cercaron... los indios más belicosos, que son los pésimos, los del valle de Anguinahao y... Yocavil hasta Encamana, cerca del mediodía a la casa de los padres..." De la Relación Histórica del Padre Hernando de Torreblanca.

En el invierno de 1659, después de salir Bohórquez indultado del Tucumán, don Alonso de Mercado y Villacorta invadió Calchaquí para poner fin a la guerra iniciada por aquél. En el curso de algunos meses consiguió dominar a las tribus del sector norte de los valles y probablemente en poco tiempo más hubiera llegado a someter a la totalidad, pero en 1660 fue nombrado gobernador del puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires y se vio obligado a dejar inconclusa su campaña.

En 1664 reasumió el gobierno del Tucumán e inició la segunda y última campaña contra Calchaquí, en la que se enfrentó con las tribus que habitaban en el sur de los valles, desde Quilmes hasta Encamana, las más belicosas de toda la región, que se habían mantenido en pie de guerra... No sólo los derrotó, sino que tomó los recaudos necesarios para que su triunfo fuera definitivo, y no se redujera a una mera operación de escarmiento como tantas que antes se habían realizado. Comprendió que mientras los calchaquíes permanecieran en sus altos valles, a los cuales más de un siglo habían utilizado como fortalezas, no estarían jamás vencidos, y entonces empleó con ellos el método incaico del desarraigo, cruel pero fatalmente necesario. Según cuenta el Padre Hernando de Torreblanca que participó como intérprete durante la totalidad de la campaña, don Alonso no dejó en los valles ni un solo indio ni un solo pueblo. Calchaquí quedó vacío y sus pobladores fueron repartidos prácticamente por todo el Virreinato, desde el Perú hasta Córdoba, y desde La Rioja hasta las playas bonaerenses, lugar a donde se enviaron a las dos tribus más peligrosas: la de los Quilmes y la de los Acalianes.